A una bailarina rusa que tenía setenta años y daba clase de danza en las escuelas, un día la siguió un joven, impresionado por su alta y esbelta figura.
Ella corrió a su casa para que él no la alcanzara y se encerró, jadeante, en su departamento. Su joven hija le pregunto qué le habia ocurrido.
-Algo extraodinario- respondió la vieja bailarina-. Un muchacho me siguió. No quería que viera mi rostro para no desilucionarlo con mi edad. Asómate a la ventana a ver si todavía está en la acera.
La hija fue a la ventana. En la calle vio a un anciano que miraba hacia arriba.

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